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En mi última visita al programa Afterwork de Capital Radio estuvimos hablando de doping tecnológico y sus implicaciones en el mundo del deporte. Para introducir el tema, recurrí a la última gran hazaña del deporte internacional: el pasado mes de octubre, el atleta keniata Eliud Kipchoge fue capaz de correr una maratón en menos de 2 horas. Fue el primer ser humano en conseguirlo. La proeza es de una magnitud histórica, digna de un superhombre. Pero su marca no fue reconocida por la Federación Internacional de Atletismo por todas las ayudas externas con las que contó: cinco atletas en forma de «V» le abrían paso y se turnaban para estar frescos, un coche le marcaba el ritmo con un laser proyectado sobre el suelo y calzaba la última versión de las zapatillas Vaporfly de Nike.

Entre la marca de Kipchoge de 1:59:40 y el actual record de maratón reconocido por la Federación (2:2:57), hay una mejora de un 3%. Nike anuncia que sus zapatillas permiten reducir el gasto energético necesario para correr en un 4%. Parece que Kipchoge hasta podría mejorar la marca. Los investigadores de Nike que desarrollaron las zapatillas decían que usarlas era como correr cuesta abajo gracias al «efecto catapulta» originado por una placa integrada dentro de la suela.

Tras estudiar el caso, la Federación Internacional de Atletismo prohibió las zapatillas Nike que usó Kipchoge para conseguir su marca, estableciendo nuevas normas al respecto. Entre otras, que las zapatillas no podrán tener una suela superior a 40mm, no podrán incorporar placas rígidas en el interior y que las zapatillas deberán estar disponibles para el público general con al menos 4 meses de antelación a la competición en la que se vayan a usar para evitar el uso de modelos experimentales. Por tanto, la Federación consideró las zapatillas Vaporfly como doping tecnológico.

Podemos definir «doping» en el ámbito del deporte como el uso de sustancias químicas que mejoran el rendimiento de un deportista y el «doping tecnológico» como el uso de innovaciones tecnológicas que mejoran el rendimiento.

El caso de las Vaporfly no es ni mucho menos el primero. El deporte tiene una larga historia de doping tecnológico.

En 1957, el saltador de altura soviético Yuri Stepanov saltó 2,16m, arrebatando el récord mundial a los campeones americanos. Posteriormente se descubrió que la zapatilla tenía una suela de un grosor de cinco centímetros, alargando de forma artificial las piernas del saltador. Unos años después, en 1960, la IAAF las prohibió.

En los Juegos Olímpicos de 2008 en Pekin, el 94% de las pruebas fueron ganadas por nadadores con el bañador de cuerpo entero LZR Racer de Speedo. El bañador en cuestión, que era un desarrollo en colaboración con la NASA utilizando sus túneles del viento y el software de análisis de fluidos más avanzado de aquel momento, mejoraba la flotabilidad y la hidrodinámica. Michael Phelps decía que cuando lo llevaba puesto “nadaba como un cohete”. En 2009, la Federación lo prohibió.

En las últimas décadas, las raquetas de tenis han pasado de las originales construidas en madera a los diseños metálicos, hasta llegar a las actuales, fabricadas en fibra de carbono y otros materiales sintéticos, permitiendo enormes mejoras en el rendimiento de los tenistas. Se sigue innovando en materiales pero en este caso, no ha habido prohibiciones por parte de la Federación.

Los deportes de motor y concretamente la Fórmula 1 también tienen una larga historia de innovaciones que antes o después pasan a ser reguladas o directamente prohibidas por la Federación Internacional de Automovilismo. Por ejemplo, el llamado «efecto suelo» en los diseños de los años 70 hacían que los coches se pegaran a la carretera, pero también provocaba que cuando el coche perdía el efecto, saliera escupido por el asfalto. Después de varios accidentes gravísimos, la FIA decidió regularlo en 1983 endureciendo su uso.

Como vemos en todos estos ejemplos históricos, la decisión final de qué es doping y qué no lo es, depende de Federaciones y Reguladores que aplican decisiones un tanto arbitrarias, presionadas en muchos casos por los jugosos contratos de patrocinio de las marcas. ¿Por qué no corren todos los pilotos de F1 con el mismo coche? Porque dejaría de ser interesante para los fabricantes. Lo mismo ocurre con la maratón de Kipchoge. Si la prohibición de la Federación es total, los fabricantes como Nike dejarían de patrocinar eventos y deportistas.

Por tanto, la frontera del dopaje tecnológico, más que una cuestión técnica, suele ser una decisión que se toma en un despacho y es sumamente sutil. ¿Debemos obligar a los deportistas a seguir ejecutando el deporte como se hacía hace tres o cuatro décadas o por el contrario, debemos dotarles de las herramientas (más allá del entrenamiento, la alimentación, la disciplina, etc) para que sigan mejorando registros, a riesgo de considerarlas doping tecnológico? Esa es la gran pregunta.

Si te interesa el tema, puedes escuchar el programa completo aquí. Mi intervención a partir del minuto 42.