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1984

En un momento que parece salido de una película de Woody Allen, la Policía de Ohio recurría a Facebook para pedir a los clientes de un traficante detenido que dejaran de contactar con él: “Por favor, dejad de llamar al teléfono de Steve Notman. Ha sido arrestado esta noche por presunta venta de metanfetaminas. Tenemos su teléfono y estamos intentando leer todos sus mensajes de gente solicitando drogas, pero seguís llamando y es muy molesto. Se han acabado todas las drogas por hoy. Ya iremos a por vosotros a su debido tiempo”.

A doce horas de vuelto de Ohio y en paralelo a que los clientes de Notman metieran la pata con su llamada, la abogada de Manos Limpias, Virginia López Negrete realizó una llamada al secretario del sindicato Miguel Bernard, para alertarle de su posible detención, 24 horas antes del arresto. Sabiendo que la conversación estaría siendo intervenida, sus palabras se ajustaron tanto a un guión para desvincularse de las actividades del sindicato, que levantaron las sospechas de los agentes que escuchaban la conversación desde una furgoneta… como en las películas. O así me los imagino yo, en una furgoneta llena de aparatos junto a su casa.

En definitiva, no sólo es importante lo que dices (como los clientes de Notman), sino cómo lo dices (como Virginia), ya que todo puede revolverse en tu contra.

Creemos que nuestra identidad digital está definida sólo por lo que publicamos. Algo así como “somos lo que decimos”. Así que basta con no publicar nada que no queramos que sea usado en una futura entrevista de trabajo, sacado a la luz en un juicio o publicado por un periódico para mantener nuestra identidad digital bajo control. Pero en estos tiempos de Gran Hermano, el rastro digital que dejan nuestras acciones va mucho más allá de las publicaciones en redes sociales y blogs. Todo lo que se digitaliza es susceptible de caer en manos de terceros.

Hasta Orwell se quedó corto. Asusta.

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