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Llevo tiempo viendo como amigos cercanos han dejado la ciudad y se han ido a vivir a pueblos más o menos alejados de las grandes urbes. No estamos hablando ni de hippies ni de tipos raros. Son urbanitas, nacidos en capitales, que no han conocido otra cosa más que cemento y semáforos y que han ido descubriendo con los años el placer de la vida en la naturaleza.
La generación de nuestros abuelos e incluso la de nuestros padres, migró masivamente del entorno rural a las grandes ciudades, atraída por sueldos fijos y un estilo de mi vida más estable. Huían de una vida basada en la agricultura de autosuficiencia que en muchos casos sólo les proporcionaba largos periodos de hambruna.
Mi generación ha nacido mayoritariamente en grandes ciudades, se ha educado en la ciudad y quién más quien menos, ha dedicado entre 10 y 20 años a un trabajo que como normal general no hace feliz a nadie. La idea que nos vendieron de que estudiando tendríamos una vida plena ha resultado un engaño. Mi generación empieza a estar harta de esta historia y uno de los primeros signos es la huida de la ciudad.
La ciudad representa el trabajo por cuenta ajena, la carrera laboral de largo plazo, el éxito profesional, la hipoteca, los programas de la tele, el coche familiar y el fin de semana en el centro comercial. Todo aquello de lo que ahora renegamos. Por eso cada vez más gente se vuelve al campo, pero de una manera completamente distinta a la vida que tenían nuestros abuelos.
Por una parte, la vuelta al campo no significa que la gente vuelva a cultivar la tierra. El que lo hace es por placer, no por necesidad. Hoy en día, la tecnología nos permite mantener un trabajo «de ciudad» y ejecutarlo a la perfección a distancia. El teletrabajo es el gran aliado del nuevo «tecnorural» e Internet y las nuevas tecnologías, sus herramientas. Infinidad de trabajos de los que hacemos hoy en día, pueden ser ejecutados a cientos de kilómetros del puesto físico de trabajo. Las reuniones de seguimiento puede realizarse por videoconferencia y con alguna cita presencial esporádica, el trabajo puede salir adelante perfectamente. Piensa por un momento en lo que tú haces: ¿de verdad necesitas ir a tu trabajo todos los días para ejecutar esa función por la que te pagan?
Caso aparte son los nuevos profesionales liberales y artesanos que ejecutan algún tipo de producto o actividad que venden por Internet. Su independencia del sitio físico es total, por lo que pueden vivir donde quieran.
Volver al campo con un sueldo de ciudad tiene muchas ventajas. Quizás la más importante sea la de multiplicar tu capacidad adquisitiva: desde el coste de la vivienda hasta la cesta de la compra, todo es mucho más barato. Por otro lado, la sensación de vivir en un entorno de naturaleza de verdad, no tiene nada que ver con vivir al lado de una plaza con zonas verdes. En el caso de Madrid, nuestro anterior alcalde se empeñó en que no tuviéramos ni eso.
El principal freno que veo a la vuelta al campo tiene que ver con lo social: una persona habituada a la vida social que aporta una ciudad, tendrá ciertos problemas para integrarse con sus nuevos vecinos rurales «de toda la vida». Cuando acabe la jornada y te pases por el bar del pueblo, resultará difícil encontrar personas con inquietudes y aficiones similares a las tuyas, esas que traes heredadas de la ciudad. En cualquier caso, sólo es una cuestión de tiempo que haya más tecnorurales por la zona y que gracias al empujón que está proporcionando Internet al entorno rural, desaparezcan las diferencias entre los urbanitas y los habitantes rurales de siempre. Algo que va a suceder antes o después.
Veremos en qué queda esta tendencia tan interesante. Cuando pregunto a mis amigos tecnorurales, todos están muy contentos con el cambio de vida. Particularmente, la idea de vivir más cerca de la naturaleza me atrae, pero a día de hoy vence mi amor por Madrid y esa necesidad de estar en el sitio donde siempre pasan cosas. Así que de momento seguiré siendo un urbanita.
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Yo creo que esto es más un deseo que una realidad. Más allá de la segunda vivienda en la sierra o en el pueblo, no creo que haya un reflujo migratorio de la ciudad al campo, aunque la mayoría fantaseemos con ello.
Creo que el teletrabajo, al menos en este país, no ha pasado de trabajar un par de días a la semana desde casa (la de la ciudad, cerca de la oficina)… para los más afortunados.
Y tampoco estoy seguro de que el entorno rural sea tan tecno. Salvo pueblos muy grandes (y para eso me quedo en la ciudad) la cobertura de la conexión a Internet no se si da para videoconferencias y demás demandas de un teletrabajador.
Sí, habrá gente que se va al campo, pero para montar un negocio local, tipo casa rural o restaurante con encanto, pero con más ilusión que oportunidades reales de negocio.
Y ojalá me esté equivocando en todo esto y de verdad exista una oportunidad fuera de la agobiante ciudad.
Gracias Javier por tu punto de vista. Efectivamente, el camino no es fácil, pero creo que es una tendencia significativa a tener en cuenta. Quizás por el momento no haya una gran vuelta a los municipios más pequeños, pero si a pueblos a 50 o 70 km de las grandes ciudades y que permiten teletrabajar y asistir presencialmente en cualquier momento. Veremos en qué queda todo esto :-)
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